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Bicicleta por Montevideo, placer y pesar

Martes 17 de abril de 2018

Durante el mes de marzo 2018 pedaleé, volé casi, por Montevideo. Tuve esa gran suerte, me prestaron una bici eficaz y ligera, mil gracias por ello, así fue como la ciudad adquirió para mí una nueva dimensión formidable. Además del placer del deporte diario, al cabo de unos 10 días asiduos, la sensación física fue excelente. El placer de no quedar atascado en embotellamientos, ni quedarse esperando en una parada, ni siquiera tener que caminar cuadra tras cuadra, ese placer me hizo crecer alas, las sentí casi reales.

Pero en realidad (sin casi esta vez), sobreviví. Me sentí muy compañero de esos mosquitos molestos, con la angustiosa sensación de que varios autos querían aplastarme, logrando así “uno menos”. Algún resabio de civilización supo impedir que esos conductores pasen al acto. Estoy entonces aquí escribiendo, aunque más de una vez pude apreciar el retrovisor derecho de un auto de tan cerca que parecía chiste. Otras veces me sucedió todo lo contrario, autos me pasaron con distancia respetuosa, casi exagerada, como con un matiz admirativo.

Montevideo podría volverse en unos años más una ciudad de seda para las bicis. Claramente, le falta un trecho. Por ahora, para seguir sobreviviendo en bicicleta, aconsejo alargar sin reparos el trayecto previsto, es decir bajar a la rambla por el más corto camino, andar por ella pacíficamente y despreocupado, y volver a concentrarse para subir, también por el más corto camino, hasta destino. Alarga bastante, ¿y qué? Mas kilómetros, más aire, más placer, solo anticipar. Pero esto tiene un límite, solo vale si uno se mueve por una banda de aproximadamente un kilómetro paralelo a la costa.

Para ser una seda, Montevideo debería crear ciclo vías por doquier, bien protegidas tanto físicamente como por ley. En la imagen montevideana el ciclista debería evolucionar del estatus de mosquito indeseable al de símbolo de beneplácito y de salud.

El turismo también se arraiga en la bicicleta. Es un placer ver la sonrisa de felicidad y de satisfacción de numerosos turistas, por la rambla justamente y desde la Ciudad Vieja, es un real vector de propaganda de Montevideo. Quisiera advertir que justo antes de mi estadía bicicletera en Montevideo, una amiga en Ginebra se cayó al no ver una placa de hielo en la calle. Esto hace observar varias cosas. Primero que se puede andar en bici aunque haga mucho frio, solo importa equiparse bien. Segundo que tal extremo no sucederá en Montevideo, mejor así. Tercero que habiéndose ella golpeado violentamente contra el cordón de la vereda, dice que ese día felizmente, había decidido ponerse el casco bien atado, lo cual salvo la vereda de una fea mancha roja y la salvo a ella de quien sabe que fractura y/o conmoción y/o peor asunto. Cuarto, tal cual propagandean los suizos por afiches en todos lados, "las cabezas inteligentes se protegen" – lo cual suena como un desafío urticante. Evitemos sofismas, dice que protegerse la cabeza es condición necesaria para que la cabeza sea inteligente, o sea ser inteligente implicaría protegerse. ¡Pero no es suficiente! Llevar casco no implica inteligencia, ponerse casco con el objetivo de así ser inteligente, eso no dice. Claro, puede que contribuya, al menos para retardar la desaparición de la vida en la cabeza incriminada, lo cual ya es algo interesante para que la inteligencia logre desarrolle en ella. Sin embargo, la negación es “no llevar casco implica no ser inteligente” (lo cual resulta urticante, ¿será chantaje?). En resumen, “las cabezas inteligentes se protegen” puede que sea totalitario bajo un disfraz chistoso.

Termino esta nota con un pedido a todos, mucho más allá del porte del casco. Cada bici debería ser como un arbolito de Navidad, con luces y reflejos (las velitas no son totalmente . Para la seguridad propia, pero también para la de los demás... sucede que casi embestí una bici siniestramente oscura, lo cual hubiese sido un colmo. ¡Ah! Esencial, por favor luz blanca delante, luz roja detrás, jamás al revés. Es una convención muy universal en nuestro planeta, y seguramente también en los demás planetas, al menos los del sistema solar.

Claude Cibils

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